La Fiesta adopta un matiz costumbrista en Velille, Perú

El Perú es un país lleno de contrastes y matices perfectamente expresados en sus rasgos antropológicos, sociológicos y culturales. Sus arraigadas costumbres y tradiciones aún permanecen incólumes y conviven dentro de la cada vez más desaprensiva modernidad.

La Fiesta de los toros no es ─no podría serlo─ ajena a esa parte del componente cultural que secularmente ha enriquecido su historia.

Proveniente de esa raíz hispánica, la fiesta no solo se arraigó de modo inexorable en nuestro territorio sino que una vez aquí, se hizo suya y creció de forma paralela a su par genética peninsular.

Pero salvo en la metrópoli limeña, que conservó el carácter estricto del rito español, en el resto del interior del país cada colectividad le aportó identidad propia y singular.

Desde un intento contestatario y reivindicativo de los valores andinos ante el sojuzgamiento colonial ─de ahí la peculiaridad de algunas zonas─ como también y de especial manera, manifestante de la capacidad creadora de sus habitantes  sobre la base de sus tradiciones culturales y sincréticas a lo largo de su historia.

Ese impulso contestatario en parte lo hemos apreciado en nuestra reciente visita al distrito de Velille, en la provincia cuzqueña de Chumbivilcas, donde la fiesta taurina adquiere trascendencia mística llena de aspectos simbólicos, lúdicos y también dramáticos pese a manifestarse de forma singular apartada del rito convencional.

Llegar al distrito de Velille luego de un apacible vuelo de no más de una hora desde Lima al Cuzco, nos torna ensimismados tras sus largas siete horas de carretera zigzagueante y escarpada.

Donde a ratos el mantener la calma nos obliga eludir de la mirada desfiladeros profundos y curvas tan cerradas, o que las mantas no basten para mitigar el frío de las punas de esta región Suni cordillerana. Leitmotiv que impulsa esta afición que quizás tampoco sepamos explicar claramente.

Arribamos a las primeras luces del alba, atrás hemos dejado a la vera de las pampas, hileras de llaretas y aún mucho antes, las saywas acrecientes en las abras.

El pueblo se manifiesta silente, apenas un silbido de aire frío asoma por encima de nosotros. Huele a tierra mojada y en efecto, todo el suelo de las calles permanece enlodado. Mucho barro donde las huellas de las llantas de portentosas camionetas han marcado surcos unos sobre otros.

Pareciera que en Velille todos posean uno de estos vehículos, al menos la gran mayoría. Consecuencias del boom minero, me explican.

Haciendo lo posible para no enterrar un pie en el lodazal, pensamos ─más bien pedimos─ ojalá no llueva más tarde…amas para, amas para chayanquichu…como recuerdo se imploraba en otros pagos.

Atendidos por su alcalde don Antonio Toledo, establecimos el plan de trabajo con el gran caminador del Perú taurino como es nuestro compañero de equipo en esta ocasión, el fotógrafo documentalista brasileño, Iuri Moradillo, quien ha registrado las maravillosas vistas con las  que acompaño esta nota, las cuales y al menos para mí, constituirán un recuerdo inacabable.

La particularidad de esta zona ganadera y minera, en cuanto a su festividad taurina está determinada por su aire costumbrista muy propio y peculiar.

No hay, para la corrida de toros, el tercio de varas ni la muerte. Abre plaza el llamado rodeo chumbivilcano donde intrépidos jinetes, los qorilazos ─lazos dorados─ capean a los toros sobre sus cabalgaduras provistos de mantas, llicllas o ponchos multicolores.

Estos vaqueros andinos, visten con camisas de cuadros, pantalones de bayeta, ponchos, botas con espuelas y chaparreras de cuero que van desde la entre pierna hasta los tobillos. En las manos sostienen las capas o mantas y blandean con destreza los lazos dorados.

Se tocan con característicos  sombreros de ala levantada y en la cintura se ciñen fajines de bayeta teñida.

Ellos inician el festejo y no es inusual que luego de sus laceadas algunos caballos la pasen mal al recibir más de una cornada por parte de los toros bravos y de media casta soltados al ruedo de la plaza Zenón Montes de Patacsillo.

Inmediatamente se aprestarán a hacer el paseíllo más de un docena de toreros, entre profesionales vestidos de luces y capeadores que tratarán de robarles a los astados algún mantazo, en el caso de los últimos, como de uno que otro lance o pase los primeros.

Este año los organizadores han querido darle relevancia  a la festividad contratando un torero español.

En este caso, uno muy conocedor de la realidad nacional como es el matador de toros Paco Ramos, quien poco o nada pudo hacer que no sea solo cumplir ante las complicaciones y poca exigencia de los toros.

A él se le sumaron los novilleros Joselito Riquelme y Joaquín de Jesús más un grupo de locales.

Al final de capear a los veintitantos toros, lacearlos y devolverlos a los corrales para sabrá Dios cuántas veces más deban salir a ruedos similares antes de terminar en los ganchos de beneficio, se anuncia al toro ganador que en este caso fue Apu Saywa, un colorado bociblanco y astifino que sobresalió sobre el resto del numeroso encierro.

Luego de todo ello, la fiesta vernácula se abre paso y las filas de danzantes ataviados con sus ponchos, sombreros y chaparreras, muy galantes, acompañan a las damas que lucen sus multicolores trajes y polleras con bordados de flores simbolizando a la naturaleza.

Entonces las canciones y la música fluyen espontáneos, trasuntando en una especie de ensayo coreográfico dictado por los apus tutelares, toda la energía ancestral del qorilazo contenida en su propia luminosidad, fuerza vital y tenaz sentido de insumisión.

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Galería fotográfica: Iuri Moradillo

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