En Aguascalientes…Para López Simón el triunfo; en tarde de chapuzones

Más de media entrada en la Monumental de Aguascalientes, se lidiaron astados de la ganadería de Fernando de la Mora, bien presentados, débiles y mansos. Hubo un arrastre lento un tanto exagerado a un astado manejable de la ganadería titular, tercero de la tarde. Un regalo de la misma ganadería muy bien presentado, complicado.

Joselito Adame: Silencio y división de opiniones

Ernesto Javier Tapia El Calita: Silencio en su lote; silencio en el de regalo

Alberto López Simón: Oreja y dos orejas

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Había una vez una afición que creía ser, que creía ver, que creía tener … un día de esos cualquiera, le tiraron un balde de agua fría y de pronto dudó de sí, se frotó los ojos, quitó las legañas que le impedían la claridad y tuvo frente a sí una cruda verdad: Una plaza devaluada, un juez complaciente y una figura a calzador.

Y en otro renglón, López Simón no necesita que le regalen nada, el hombre ha vivido capítulos de gloria a lo largo de su carrera, a su muleta le han pasado muchos pitones, así que pedacitos de triunfalismo no requiere. ¡No señor juez! el ibérico no busca flacos favores ni premios excesivos, él es, sin necesidad de sus bondades; porque a diferencia del biombo que usted habita, su muleta tiene verdad.

Ernesto Javier El Calita, se perdió en el mar de sus propias ansias, se quedó entre la paradoja del sí, pero no.

El pueblo comenzó el murmullo en pro de López Simón, rápido hizo conexión en los lances a la verónica, las chicuelinas, las tafalleras y las revoleras. Y de muleta trazos por bajo, ante la buena y constante embestida del burel. Lentos los derechazos y así López Simón dejó sus recuerdos en Aguascalientes.

Temple ante las dóciles embestidas del burel, pero conforme transcurrió la lidia, el astado asistió en embates bobalicones, que la experimentada muleta española no desaprovechó. Estocada entera ligeramente tendida y la merecida oreja a sus manos. Para el astado un arrastre lento de más.

Con su segundo, las verónicas y las chicuelinas hablaron por López Simón. Poquitita puya al sexto del festejo para que el español lo probara con chicuelinas a manos bajas, pero al astado le escasearon las embestidas, como a la gran mayoría de sus hermanos, además siempre con la cabeza suelta.

Por bajo y por derecha en tersos trazos lo llevó López Simón, cuidando las pocas embestidas lo llevó a mediana altura. Sin toro prácticamente, delante del español una piedra. Su afán por permanecer en terrenos peligrosos fue mucho, se quedó, no se fue, ancló las zapatillas a la arena y sucedió; el astado le prendió por la derecha levantándole y buscando hacerle daño en la arena. Maltrecho se soltó de las asistencias y volvió a la carga, la afición lo agradeció.

Y si como versa la popular pelea de gallos: “A la feria se San Marcos van llegando los valientes” entonces López Simón fue uno de ellos, obligándole a pasar en redondo. Hecho lo anterior y seguramente con la garra crecida se fue por la espada, misma que dejó entera ligeramente tendida en las carnes del burel.

La oreja hubiera sido más que suficiente puesto que la salida en hombros estaba ganada a ley, pero Don Rivera Río quiso ponerle crema chantillí, le dio las dos orejas para endulzarlo y hacer que el triunfo de López Simón se pintara de color chicle bomba, ¿Cómo para qué? Si su valía y su muleta hablan por él, si su verdad sabe a vinos selectos y no a algodón de dulce.

¿Y José?

En plan de rumor de mercadillo, populoso y más parecido al toreo de Azcapotzalco que al del barrio de San Marcos.

Su primero, un toro bien presentado que tardó en atender las capas. Embistió bravucón al caballo. De muleta tersos por bajo y el remate de pecho. Lenta fue la primera tanda por ese mismo lado, al principio el astado metía bien el testuz pero la fuerza le escaseo, José logró ligar algunos naturales de valía pero pronto el burel buscó las tablas y por él fue, se reivindicaba con una tanda de naturales tersa, pero aquello se emborronaba al terminar enroscado tomándose de los cuartos traseros.

De ahí se terminó Aguascalientes, dando paso a otros caminos lejanos, al igual que los espacios entre toro y torero. Tomó la espada para dejar varios pinchazos y media caidísima que espantó a esa tierra, a la Ciudad de México y a toda la República Mexicana.

Al otro lo recibió con dos largas de rodillas bien interpretadas, suelto el astado de Fernando de la Mora. Jugó bien los brazos en la versión del Joselito que se gusta y nos gusta. La micro vara propinada por el piquero y posterior las gaoneras y la revolera.

De rodillas se puso Joselito Adame, para pasarse al dócil burel en escena seria, la cosa muto cuando se puso de pie por derecha muchos pases y pasos sin decir nada ante la borreguil embestida, eso era una monja de claustro, caritativo y sin peligro. Ahí anduvo Joselito queriendo hacer faena, pero no había manera.

Después de intentar por derecha quiso rematar rodilla en tierra y terminó despojado del engaño, otra vez mal con las espadas y la marcada división de opiniones por parte de sus paisanos, mismos que empapados de aguas de la realidad se quedaron pensativos y taciturnos, goteando su desesperanza. Algunos otros a pesar del chapuzón siguieron y seguirán tapándose los ojos con las palmas de sus manos y claro con los dedos entreabiertos.

Ernesto Javier Tapia El Calita adornó la publicidad con su nombre en el cartel, pero sólo eso, un toreo indefinido, con muchas dudas, sin ir más allá. Es verdad que no tuvo toros a modo, con el primero voluntarioso y sin mucha historia.

El segundo de su lote carecía de fuerza, totalmente parado y El Calita pedía paciencia al tendido, pero el graderío le dijo no. Por izquierda intentaba, pero el astado le desprendía de la muleta. La afición comenzó a desesperarse y a sonarle los pitos por excederse en una labor infructuosa. Al fin y después de escuchar fuertes reclamos, quiso tirarse a matar viéndose comprometido y escapando pies en polvorosa de la escena, más sonaron las voces en reclamo. Fallas con la espada y el silencio.

El Calita se quiso quitar la espinita y regaló un reserva de Fernando de la Mora que asustaba desde que saltó a la arena, rematando en los burladeros, fuerte, poderoso y nada fácil.

Con él, al Calita se le veían las ganas en el rostro y las imposibilidades en el cuerpo. En el caballo apenas empujó el burel y la vara para afuera. En el último tercio el astado llegó tirando embestidas al cielo, El Calita pasó las de Caín, entre que no paró de pies y la difícil embestida ofrecida. Cites a distancia, sin conectar, y sin asentarse. Muchas dudas y mapa de zapatillas trazado en la arena. Terrible bajonazo y el trágico silencio.

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@AnaDelgado28 

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